viernes, 12 de junio de 2015

Aparto la cortina para ver los últimos rincones de la ciudad que me ha adoptado durante estos meses. Bonita Rennes, cómo te voy a echar de menos. Tienes un alma joven pero hueles a tradición y costumbres. Nos cogimos cariño rápido, bastó una galette en una terraza de Saint Anne y un par de pintas en la rue de la soif para vernos con otros ojos. Luego llegaron los sábados de mercado, los paseos por Thabor, los espectáculos en la mairie y los cafés en République. A partir de entonces, entendí que lo nuestro no era un amor pasajero.

El Erasmus te cambia la vida, o al menos la forma de ver las cosas. No hace falta mucho tiempo para aprender que aquí no se judga, se conoce. Que los estereotipos no son más que etiquetas que alguien inventó un domingo por la tarde y que la riqueza está en la diferencia. Valorar es otro de los verbos que se llena de sentido. Cuántas veces hemos pasado por alto esos detalles insignificantes y cuántos suspiros les he dedicado. Pero lo mejor es la sensación de orgullo tras conseguir hacer una tortilla dentro de una cazuela, o apañar un sofá en medio de la habitación con cine incluido.

El Erasmus te enseña que abordar a unos desconocidos puede regalarte una bonita amistad. Que las noches, cuánto más extrañas, más divertidas. Que los secretos más inconfesables acaban siendo compartidos después de un buen tomanji. Al final acabas mirando con nostalgia hasta esas zapatillas llenas de mierda de la fiesta más surrealista de toda mi vida. Y echas de menos a cabro y los vinitos  estilo riojano. Y encuentras que el "Martuca" o "Maggta" suena hasta bien. Sonríes cuando te acuerdas de ese amigo intentando hacerse entender con un francés bastante justito, pero con un empeño que "ole". Piensas en los propósitos "come sano, vive sano" y en aquella jornada running que se quedo, pues en eso en una jornada. Dónde estará ahora la muyaya más loca de toda Canarias. Y aún sigo dándole vueltas al misterio de la sonrisa que siempre destacaba en todas las fotos. Y dónde, dónde quedó la motivación italiana a la hora de salir, que a duras penas terminaba en una discoteca. Luego está mi dj favorito, mi chico mujeres y hombres, y el de las cervezas, el que tuvo depresión post erasmus sin ni siquiera acabar (nunca tuve mejor compañia en un viaje tan largo).No puedo olvidarme de mi acento andaluz y de esa soirée en la que acabamos perdidas y bailando por bulerías. Tampoco de mi descubrimiento, acento gallego y ganas de comerse el mundo de un bocado. Me los llevo a todos. Conmigo vaya donde vaya.

En el Erasmus un amigo puede convertirse en un hermano. Y una amiga en una madre. Se prueba, de todo y en abundancia. Nunca faltó tiempo para celebrar un thanks giving, una soirée portuguesa o un cumpleaños a base de sangría. Una habitación como farmacia, una compra semanal como excursión de fin de curso. "Je suis Marta", unos cuantos bailes, y unas carreras por el pasillo. Formar un equipazo de limpieza, adoptar una tortuga, y soportar tormentas en forma de "tout dans une boite". Confesiones varias, que anticipen tu comportamiento, consejos de armario. Una rubia y otra morena. 

En el Erasmus te atreves. Con una salsa, una bachata o lo que haga falta. Si hay que dar clase, "on y va", si la cosa va de pedir facebooks ¿por qué no?. Los sobresaltos de la gente con el "excuse moi" deberían formar parte de un corto cómico. Bailar encima de la mesa del bar, o beber chupitos de sabores imposibles. 

Conocer, viajar, abrir los ojos a otras realidades. No se puede pagar con dinero. Saint Malo, Dinard, Dinan, Nantes, Paris, Roma, Lille, Amsterdam... Lugares con historias increíbles, paisajes que se cuelan por la retina sin preguntar, culturas que explorar. No puedo pedir más. Viajar es lo que más adoro en el mundo y este año ha sido increíble.

No sé muy bien qué va a pasar a partir de ahora, ni cuanto tiempo necesitaré para recuperarme de este bajón momentáneo. Lo que sí tengo claro es que una parte de mi corazón cantará eternamente la marsellesa para recordarme lo que fuimos. 

Once Erasmus, always Erasmus. 

jueves, 7 de mayo de 2015

"Hasta pronto"

Tengo que desahogarme en alguna parte. Y hoy en cartelera tenemos el tema más amargo que existe: Las despedidas. Ese momento incómodo por excelencia en el que toca pronunciar "adiós", "hasta pronto" o, quizás, "hasta nunca". 

Cuando llegué aquí, no se me pasaba por la cabeza que este momento llegaría tan pronto. El primer aviso vino por Navidad, cuando una buena parte de los lazos que había formado aquí se fueron para no volver. Y ahí es cuando me dí cuenta de que, no solamente estaba despidiendo personas, sino también una etapa, y con ella todos los los viajes, las comidas a deshora, las bromas que nadie más entiende, las fiestas, los brindis "por nosotros", y en definitiva, el albúm de momentos más bonito que alguien haya podido recopilar. 

A menudo los "adioses" vienen acompañados de promesas. Planes de futuro que alivian el golpe y que, por muy imposibles que parezcan, nosotros los Erasmus, defendemos como si fuese cuestión de vida o muerte. "Nos veremos en verano", "el año que viene", "de aquí en cinco años", y por supuesto, no importa dónde: "Ya sabes que tienes mi casa cuando quieras", "volveremos a Paris para recordar viejos tiempos", "empiezo a ahorrar para pisar los Estados Unidos" o incluso Australia parece haberse aproximado bastantes kilómetros con frases tipo "son muchas horas, pero los aviones son muy cómodos...". 

Lo cierto es que duele. Es difícil aceptar que el contacto diario pasara a ser simplemente "contacto". Pero es una realidad, la misma que cuando recibimos la aceptación Erasmus y no queda más remedio que aceptarla. 

Este periodo esta siendo bastante duro para mi. Parece una tontería pero llevo ya dos semanas intentando despedirme de la cama, de mi cuarto y hasta mi residencia (de la que taaaaanto me he quejado) me parece bonita. Y no hablemos ya de las personas. Esto llega poco a poco y a dosis, pero finalmente se va acercando el día en el que tenga que guardarlo todo en la maleta. Siento que se me quedan mil cosas por decir y por hacer. Que nueve meses no son suficientes. 

En fin, siento el tono meláncolico a estas  horas. Ya sé que hay que mirar las cosas desde el lado positivo, pero un café a las nueve y una despedida no es el momento más oportuno. Volveré a escribir, lo prometo.



sábado, 14 de marzo de 2015

Hoy tengo que hablar del trabajo más gratificante del mundo. Ayer se terminó una etapa importante de esta experiencia. Mi día a día durante dos meses. Y hoy, por qué no reconocerlo, estoy triste. 

Desde que empecé, he discutido cada día con el despertador para que me concediese cinco minutos de prórroga a mi ansiado tiempo de sueño. Los madrugones nunca han sido mi punto fuerte. Sin embargo, en poco tiempo, me di cuenta que me gustaba reconocer a todas las ojeras del autobús, a la misma hora y casi, en el mismo asiento. Empecé a encariñarme de Republique a las siete de la mañana, con ambiente laboral y periódicos a la salida del metro. Y con todo ello el frío insoportable me empezó a parecer un poco más amable. 

Al llegar al instituto me encontraba con dos o tres sonrisas antes de entrar a clase. Y ahí es donde empezaba la magia. Es increíble lo que he avanzado desde el primer día que entré por la puerta, en todos los sentidos. A día de hoy puedo decir que he sido capaz de dar clase en francés (aunque guardando mi fuerte acento español y mis "erres" marcadas). He trabajado en equipo, y me he sentido una más. Me he introducido en el apasionante mundo de la educación especial, y he descubierto que me encanta. He pasado domingos preparando clases y he conocido a personas que se llevará un trocito de mi corazón. 

Hay gente que piensa que el maestro es aquel que solo enseña, pero yo no estoy de acuerdo. Ser maestro implica aprender cada día algo nuevo, enriquecerse de las diez, once o veinticinco historias que están sentadas en cada pupitre. Y cuando lo consigues te das cuenta de que eres un poco más grande, y que a partir de los 21 años, se puede seguir creciendo, aunque no sea en estatura.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Convivencia, qué fácil eres

A estas alturas de la vida, ya siento que esta es mi segunda casa. Cuando llegué a Rennes y me encontré en esta residencia, cerrada, y siendo la primera inquilina del curso, me pareció que se me caía el mundo encima. Desde luego en ese momento, no tenía ni idea de lo que me esperaba.

Mi casa (nuestra casa) no es demasiado bonita. Desde fuera da un poco de miedo, sobre todo por la noche. Está entre vallas, plantas y arbustos... Tenemos la parada de autobús a menos de un minuto, y cuando nos sentamos a esperar y miramos al frente, ahí está la tienda de Pompas Funebres para pasar el rato... Para eso, y para ir haciéndonos la idea de qué tipo de adornos fúnebres son más afines a nosotros. 
Además tenemos Pizza Sprint justo en frente. Vaya, el peor enemigo del ERASMUS. Pero ya se sabéis lo que dicen... si no puedes con el enemigo, únete a él. Y es que cómo nos vamos a resistir si cada vez que vamos nos regalan un folletito con ofertas para bolsillos como los nuestros...

El  interior no es nada del otro mundo, pero poco a poco lo hemos hecho nuestro. Tres pisos, y del último de ellos a penas sabemos nada. Una cocina compartida que, sin lugar a dudas, es el lugar más transitado de la casa, un cuarto de estudio que únicamente hemos utilizado para jugar al pin-pon y un jardincillo que con este tiempo, y sobretodo en Bretaña, renta mucho. La decoración es un poco tétrica. No sé por qué razón tenemos gorritos rojos colgados por todas partes. Las historias sobre ellos varían según la persona, pero os juro que cuando me contaron que el gorro que hay nada más abrir la puerta de mi habitación perteneció a un residente que se había ahorcado allí mismito, me hizo de todo menos gracia. Para completar unas escaleras que crujen, una televisión que no funciona, luces fundidas en plaga, el armario chirriante y una triste secadora que lleva arreglando al menos un mes. Y aunque nadie sea capaz de creerlo, a un lugar como este se le coge cariño en cantidades inhumanas. 

La verdad es que no somos muchos (7), y se hace raro que cada día vivas con una persona diferente (gente que se queda por una noche, dos o tres), pero desde luego, no podría haber tenido más suerte con los que de verdad compartimos día a día.









No sé puede explicar en una entrada como esta como personas totalmente ajenas a ti se convierten, por unos meses, en tu familia. Que de pronto te das cuenta de que eres tú la que adoptas el papel de mamá cuando le gritas a tu compañera "lleva el abrigo que hace frío", o cuando te entra la vena maternal y en lugar de un colacao para merendar, preparas dos. Otras veces (la gran mayoría), me doy cuenta de que efectivamente soy de las más pequeñas aquí. Y eso se nota. Y gracias, gracias infinitas por las ayudas en la cocina, por suplir mis torpezas varias, por llegar una hora tarde cada vez que salimos por mi única y exclusiva culpa. 




Las cenas para remontar la moral, las excursiones de fin de semana, los karaokes nocturnos o las pelis en mi colchón-sofá. Las visitas a la cocina a las 5 de la mañana, las excursiones a la lavandería en grupo, las comidas para dos. Los parchises a tres, las comidas en el Restaurante y las sobremesas que se alargan hasta las mil.






Ya se ha convertido en rutina escuchar "griego" sonando por los pasillos. Asquerosa rutina que tanto odio, ¿por qué aquí sabes tan dulce? ¿Por qué cada día que pasa me siento más feliz de marcar esta opción en el casillero ERASMUS? Ya veís, la chica de las palabras se queda sin ellas para dar respuesta a estos interrogantes.

No sé lo que pasará de aquí a unos años, ni dónde estaremos cada uno de nosotros. Pero lo que sí sé y estoy segura, es que todos y cada uno de nosotros nos acordaremos de todo lo bueno que nos esta pasando aquí cuando, de repente, un día x del calendario del año xy suene "Chandelier" en la radio del coche. Y entonces, nos preparemos una cena con crêpes, queso y una copa de vino, para brindar por este año.




domingo, 2 de noviembre de 2014

¡Ciao Roma!

Tras algunas semanas sin escribir, vuelvo a la carga con más fuerza que nunca y con energías totalmente renovadas. ¿El motivo? ¡Me fui a Roma! Y sí, por fin cumplí mi sueño de visitar la bella Italia.



Uno de los plus de la educación francesa es que, cada cuatro semanas de clase, deciden cogerse unas vacacioncillas, así que yo me estoy beneficiando de ellas durante dos semanitas.
Y como mi culo inquieto y mis promesas viajeras no me permitían quedarme en Rennes tanto tiempo, busqué un vuelo, me puse de acuerdo con unas cuantas amigas y antes de lo que había previsto me encontré cerrando la maleta.

La ida iba a ser larga y costosa, si tenemos en cuenta que mi tren con dirección París salía a las 9.33 de la mañana desde Rennes y mi avión aterrizaría en Roma a las 23.20 del mismo día. Estos datos matemáticos son algo con lo que ya contaba, eso sí, hubo unos cuantos imprevistos que hicieron mi viaje mucho más entretenido. Como por ejemplo la hora de antelación con la que me planté en la estación, el bolso de unos cinco kilos y los tacones que me dio por ponerme para hacer turismo por París o mi inacertada decisión de no pagar un billete de metro que por poco me hace acabar dando explicaciones al policía. Eso sí, volví a mi puente favorito de París, mientras en mi cabeza danzaron durante un rato muy buenos recuerdos en él.


 
El caso es que no sé cómo aterricé en Roma y con mi espaninglis, me entendí con el conductor del autobús para comprar el billete a "Termini", la estación central. Cuando llegué, allí me estaba esperando mi amiga Ale. Me alegré muchísimo de volver a ver a esos ricillos andantes poco orientados por la capital de las vespas. Esa noche dormí como un angelito sobre una nube (que cursi me estoy volviendo).

Al día siguiente, tras algunos problemas de comunicación, conseguimos encontrar a Patri. Me alegró ver que todo seguía tal y como lo había dejado. Teníamos muchas ganas de probar la auténtica pasta italiana, pero al final (al parecer no soy la única que tiene problemas espaciales) tuvimos que conformarnos con un McDonalds de bienvenida. Visita express por los principales atractivos turísticos. Y sí, me encantó el Coliseo (o anfiteatro como lo llamo yo, según Patri "porque soy muy culta"), aunque no fue exactamente como yo me lo imaginaba. Seguramente tenga algo que ver que mi imagen de Roma incluía gladiadores y emperadores, pero bueno. Aquí tengo que añadir que NO todos los chinos saben hacer fotos. Lo de pedir una foto y que te corten todo el monumento de detrás es algo que todavía no consigo entender, hay gente para todo...


Después recorrimos por primera vez (de las mil doscientas que siguieron)la Vía del Corso. Hicimos honor a los tópicos y pedimos un helado bien cargadito de calorías(bendita Nutella), y con las mismas nos fuimos a buscar a la tercera en discordia (bueno cuarta, pero tercera queda mejor). Sarita vino de Perugia con chocolate para todas ¡cómo sabe hacerme feliz! Así que para celebrar su llegada nos fuimos al Trastevere. Llegamos como a las 11 y no había mucho restaurante abierto. Entramos en uno que nos habían recomendado que, a decir verdad, no fue nada del otro mundo, y el trato dejaba bastante que desear, ya que nos echaron discreDESCARADAMENTE.

Y ahora viene la parte más divertida de todo el viaje. Nuestras queridas amigas ERASMUS italianas nos habían dicho que hacía buenísimo a Patri y a mi (de tirantes y chaquetita finita). Pues nosotras ilusas llenamos las maletas con ropa de ese palo y nos encontramos con Alaska en plena Italia. Y es que (Alejandra no te enfades), la calefacción del piso no funcionaba hasta noviembre y la habitación en la que dormíamos era un auténtico iglú. Tuvimos problemillas técnicos con las mantas que no desvelaré aquí, que se convirtieron en la coña de todo el viaje. Eso sí dormir haciendo la cucharita o lo que hiciera falta con tal de entrar un poco en calor.
Lo mejor de todo es que yo venía un poco mala de las tierras bretonas, así que al día siguiente me desperté con la conocida comúnmente como "voz de camionero" que a lo largo de los días fue disminuyendo considerablemente.


El jueves por la mañana Sara, Patri y yo nos fuimos a hacer turismo; Pantheon, Piazza Navona, Fontana Di Trevi (ahora matizo) y Victor Manuel. Aquí algunas de las fotos.





Con respecto a la Fontana Di Trevi... cómo describir lo que sentí al ver tan expléndida obra arquitectónica COMPLETAMENTE EN OBRAS. Mi gozo en un pozo. Eso sí, yo tiré la monedita en el único cuadrado con agua que había en toda la fuente, a ver si para mi próxima visita a Italia consigo verla sin andamios de por medio.



Comimos un pan con un queso que no sabía a nada y una loncha de jamón serrano. Comida de turistas pobres, ya se sabe. Y nos pusimos en marcha para entrar en el Coliseo. Os dejo algunas fotos del interior. A mí me encantó imaginarme leones, gladiadores y espectadores que se levantaban de sus asientos para vomitar y seguir comiendo. Llamadme rara pero sí, me sentí en la Antigua Roma.

 

 

Con todo el cansancio y la enfermedad encima (cómo me gusta exagerar), decidimos conocer la Roma nocturna. Aunque la noche nos saliese un poco rana y llevara cinco jerseys encima, siempre se agradece que alguien conozca las canciones de tu tierruca querida y las cante contigo a un volumen considerable.

Viernes. O día de visitar el Foro romano (las ruinas, vaya). Patri decía que era todo igual, y con la modorra que llevábamos encima, a causa de la noche anterior, se nos hizo algo largo, pero eso sí, yo me llevé la promesa de una columnita para mi jardín que no se me olvida. Patri, recuerda, quiero esta:


 



Tras acabar el tour turístico Foro+Palatino decidimos buscar el Moisés de Miguel Ángel (me hacía ilusión porque me entró en el examen de Selectividad, sí). Resultó estar en una iglesia cerca, pero cuando llegamos estaban cerrando, así que miré la foto de fuera y me prometí volver a verlo. Con la reventada y las prisas por llegar a tiempo nos cogimos el metro hasta el Vaticano. Nos perdimos y cómo últimamente me suele pasar a menudo, nos cerraron el museo. Así que oye, no vimos esa tarde una de las mayores obras de arte de la historia de la humanidad, pero eso sí, nos tomamos unos capuccinos en McDonalds que ya quisieran muchos.



Así que como nuestro planning fracasó, el sábado por la mañana volvimos al Vaticano a visitar la Capilla Sixtina (que por cierto, es algo así como la Mona Lisa en París, te falta aire para respirar entre tanto turista)y el museo Vaticano. Tras acabar con esta parte fuimos a comer una pizza de 1 metro  y dimos una publicidad increíble al puestecillo porque todo el mundo se nos quedaba mirando.

Y ya, ilusas de nosotras pensamos que habíamos recuperado fuerzas, nos fuimos tan alegres y felices a ver la Basílica de San Pedro. La verdad es que este día fue super divertido porque todas teníamos una flojera horrible, y las coñas con el Papa eran inevitables. Así que chorradas como "Manual para ser un guiri en una cola" con un paraguas que se veía a 1 km de distancia, o esta foto-friki de "Yo con mi Imperio" no pudieron faltar.



Ale y yo descubrimos que todo el personal de la basílica era bastante curioso. Cuando Ale casí tira una valla, el segurata, en lugar de echarnos la bronca o ayudar a colocarla, se descojonó li-te-ral-men-te. Otro parecía haber apretado el play y no dejaba de decir en un tono super monótono "Avanti, don´t stop". Vamos, que le daba igual si la iglesia se caía allí mismo, estoy segura que él hubiera seguido igual. Aún tengo mis dudas de si seguirá diciendolo en estos momentos. El tercer y cuarto segurata se reían a carcajadas mientras veían un programa de televisión en una Tablet (sí señores, en una iglesia) y el último casi le planta un bofetón a una chica que iba a entrar en el museo sin pagar. Vamos un show.

Tras esto, decidimos subir a la Cúpula. A pie. Y me canso solo de escribirlo. Como buenas estudiantes decidimos no pagar el ascensor, y subir uno a uno todos los peldaños. Ahora entiendo porque el guardia nos gritó "¡Forza!". Al principio todo bajo control, pero las escaleras iban cambiando, y las paredes se iban estrechando de un modo bastante claustrofóbico. Lo peor, era que no podías parar porque sino las personas que subían detrás se quedaban atascadas. Así que acordándonos de nuestra profesora de Educación Física del colegio, entre risas al principio, y casi llantos al final llegamos. Y pedimos esta foto. Y estas fueron las vistas.



Para acabar el día y a modo despedida nos fuimos a Campo di Fiori a comer pasta hasta reventar. Y madre mía, qué buena estaba...


Al día siguiente hubo despedidas, o más bien "hasta navidad". Primero Patri, luego Sara... y así muy tristes por un lado y muy contentas por otro (¡POR FIN PODÍA DORMIR EN LA CAMA Y NO EN EL COLCHÓN HINCHABLE!) cada una se fue a dónde le correspondía. Por la tarde Ale y yo visitamos el Parque de los Naranjos, con vistas espectaculares. Aunque eso sí con un poquito más de luz... Compramos castañas, comimos un helado... vamos típica tarde de gocherío que como estás en Italia, pues... te lo puedes permitir. Nos encontramos con "la boca de la verdad" de casualidad (esta ciudad es así), escuchamos cantar al amor de mi vida... nada cosas normales.




En mi último día en Roma, intentamos cumplir con el objetivo de ver el dichoso Moisés pero, de nuevo, nos cerraron en las narices. Así que decidimos volver por la tarde. Mala idea. Tuvimos unos cuantos imprevistos. Cogimos el bus en dirección contraria, tuvimos que bajarnos del bus cuando subieron los revisores porque no habíamos pagado el billete (50 euros la multa, 100 si no lo tienes suelto) y por lo tanto, esperar al siguiente. Total que deducí que alguien de ahí arriba no quería que viese la escultura porque cuando llegamos, cómo no, estaba cerrado. Así que espero que la moneda de la Fontana sea válida en obras o no y pueda volver y verle de una vez por todas.

Con esto dimos por finalizado el viaje, ya que al día siguiente me levanté a las 4.30 para coger mi vuelo a París. ¿Conclusión? Nunca te fies del tiempo y sí estás en otoño, mete un abrigo anda... que no cuesta nada.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Horarios, apuntes, clases y café, mucho café

¡Buenos días! Ya han pasado dos días desde que empecé las clases y aunque no tenía demasiadas esperanzas ¡SIGO VIVA!

Quería escribir esta entrada desde el momento en el que llegué a la residencia el lunes, pero entre apuntes, siestas que se van de las manos, una cosa y otra... he llegado hasta hoy.
De todos modos no puedo no contar mi poco fatídico primer día de clase. Así que ahí va:

Según mi coordinadora el día 22 de septiembre a las 9 de la mañana tendría la presentación del máster que voy a cursar este año (es una cosa rara pero, es el equivalente a mi tercer año de carrera). Pues bien, me levanté con tiempo de sobra porque no quería llegar tarde ni tampoco ir con prisas (unos 45 minutos antes que, es bastante si tenemos en cuenta que tardo un triste minuto en ir a la universidad). Me duché, arreglé y bajé a la cocina a desayunar. Volví a subir a la habitación a lavarme los dientes y cómo no, sonó el ya mítico hit "dónde están las llaves que no las encuentro" para empezar la mañana con energías positivas. 10 minutos después y con mi única esperanza para entrar y salir de la residencia entre las manos, crucé corriendo el patio para buscar el aula. Pregunto en recepción y curiosamente ¡nadie tiene ni la más remota idea! Me proponen que siga a una señora desconocida al otro edificio para mirar el tablón dónde todos los días colocan los horarios y las aulas distintas (ahora es cuando echo de menos mi universidad y su organización). Aula 205 y las 9 menos diez pasadas. Subo dos pisos y casi ahogada llego a un pasillo en el que había unas tres clases. La primera de ellas, la 203, llena y el resto sin ningún alma vagando por ellas.Me acerco a mi clase y descubro esta "cucada" en miniatura.

O sea que somos pocos. Perfecto. Así aumentan las posibilidades de que me pregunten. Y nervios en aumento. Barajé la posibilidad de meterme en la clase, pero decidí esperar. Las 9 y nada. Bajé a recepción a preguntar. Después de diez minutillos de nada de espera (que a mi se me hicieron 30), me dicen que se han confundido que en realidad la presentación empieza a las 9.30. ¡Genial! No estaba yo poco nerviosa como para encima tener que esperar. Así que como suele pasar en estos casos empecé con mi lista de cosas absurdas que hace la gente cuando tiene que esperar. Ir al baño tres veces, cruzar el pasillo de un lado a otro, mirar el móvil, escribir whatsapps sin sentido, contemplar a la gente sentada en la cafetería, rogarle a las agujas del reloj que se muevan más rápido... y entre tanta ida y venida, aquí una foto del espejo del baño hecho para personas de más de 1,70m, porque como podréis ver en la foto no llego ni siquiera de puntillas a verme la cara entera.

Después de eso me estudié este plano de memoria.


Mantuve esta conversación con mi mejor amiga.



Y por fin empezaron a llegar mis compañeros. La media de edad es de unos 35 años. Así que soy la benjamina por goleada. Me siento al lado de un señor. La gente habla entre ellos y yo observo. El director del máster viene a darnos la bienvenida, es decir, la susodicha "presentación" que dura unos 5 minutos y seguidamente me veo en una clase de algo parecido a psicología.
No sé muy bien cómo describir lo que sentí durante esa mañana. Fui desde el "venga, voy a atender", hasta el "mañana mismo me vuelvo a España". Mi desesperación iba creciendo cuando la profesora explicaba términos que no conocía el significado ni en español (el único del que me enteré fue constructivismo, pero vamos, todos del palo). Reconozco que se me da bastante bien coger apuntes, aunque de vez en cuando tenga que pedir un SOS rápido a mi compañera, pero lo de aquí era un nivel experto superior. Así que sin entender ni media palabra de lo que estaba escuchando me dediqué a pasar tres horas de mi vida a copiar todo aquello que escribiese el señor que estaba sentado a mi lado. Vamos, que si llega a poner "Me apetecen lentejas con chorizo para comer" lo copio igual. Ahora sé lo que sienten los pobres pulpos cuando se pierden en los garajes.

Salí de clase no sin antes, tener una presentación oficial de la profesora a todos mis compañeros. Mientras 44 ojos se clavaban en mi, a mi no me salió otra cosa que un "Bonjour" al que a todos les hizo bastante gracia.
A la hora de comer (12 del mediodía) me encontré a mi compañera de resi en la cocina. Crucé dos palabras con ella y lloré como una niña pequeña, soltando todo el estrés que había acumulado, en forma de lágrimas. Le expliqué todas las posibilidades que había barajado (irme a España, cambiar de máster...) y cómo respuesta me dijo que esa noche cenaríamos algo especial para subirme la moral. Así que con el estómago pensando en unas horas más tarde, volví a la clase.

Sinceramente, la tarde fue mucho mejor. Entendía más o menos de lo que se estaba hablando. "Teoría del apego" (aunque eso no lo descubrí hasta que lo miré en el traductor tres horas más tarde). Lo había visto ya en la carrera, y había hecho un trabajo sobre ello, así que más o menos sobreviví, apoyándome en los power point. Al terminar hablé con la profesora para preguntarla si tenía apuntes sobre el temario de la mañana, y para mi sorpresa preguntó en alto si alguien tenía bien cogidos los apuntes para dejármelos. Una mujer, que parece que va a ser mi ángel de la guarda durante todo el curso (es la más simpática, siempre está pendiente de mi...) me ofreció pasarme los apuntes cada día. Con ello me sentí algo más tranquila aunque aún con el corazón a mil, me fui a la librería más cercana para comprarme un cuaderno y un estuche.

El día de ayer fue mucho mucho mejor. A pesar de que mi capacidad de concentración escuchando francés se reduce a los 5 minutos y esforzándome horrores, entiendo de lo que se está hablando. Eso si, con dos cafes diarios y cambiando más veces de postura que un contorsionista profesional.

Hoy es miércoles, o lo que es lo mismo, mi día libre de la semana. Llevo dos días de clase y siento que estamos ya a mediados de noviembre. ¡Señor dame fuerzas!

 

lunes, 15 de septiembre de 2014

Mi primera lavadora

¡Señores y señoras! Después de casi un mes en esta residencia me he dado cuenta de que ¡no hay lavadora! (creo que me lo dijeron el primer día pero no debí de entenderlo). Tampoco penséis que no me había molestado en buscarla, no, no es eso. Sin embargo en este país de locos, prefieren comprar una secadora a una lavadora. Mi vista me jugó una mala pasada y yo tan feliz con mi "falsa lavadora".

Así que nada hoy me ha tocado hacer la colada después de posponerlo durante una semana, por lo tanto, el número de prendas que llevaba era bastante considerable. Tras recibir las instrucciones de la señora de la limpieza que hablaasiderapidoysinningúnespacio y no la entiendo nada, ahí me planté yo con mis dos bolsas llenas hasta los topes en busca de la dichosa lavandería y mirando cada tres por dos hacía atrás no fuera a ser que se me escapara alguna prenda de mi ropa interior.

Lo único que había medio comprendido era que, para llegar a mi destino, debía  pasar los bancos (mi calle tiene unos 10.000 de esos). Así que cumpliendo a raja tabla con las únicas instrucciones que sabía con certeza que eran válidas, llegué a ese punto en el que no sabes si elegir la calle de la derecha o de la izquierda. Como buena extranjera me dispuse a preguntar. Lo intenté con un chico joven que llevaba los auriculares puestos y nada, un segundo hombre al que desistí por no poder alcanzar su paso con mis dos bolsas y, por fin vi a una mujer a la que me acerqué y le pregunté educadamente con un "Excuse-moi madame". La mujer me dio unas indicaciones que esta vez si entendí, así que yo más feliz que una perdiz me despedí agradeciéndola su ayuda.

Subí una calle desierta y giré a la izquierda. Ahí estaba la dichosa lavandería. Cuando entré había dos señoras esperando a que terminara la secadora. Las saludé con esperanza de que alguna de ellas fuera la encargada y me ayudase a poner la lavadora, pero no. Las lavanderías no tienen personal disponible para los clientes. Así que, me puse a intentar entender lo que quiera que pusiese en las instrucciones y debí de estar mucho tiempo haciéndolo, porque una de las mujeres se acercó a preguntarme si necesitaba ayuda. En ese momento no sabía que se estaba acercando mi ángel de la guarda por una mañana.
Gracias a ella conseguí meter toda mi ropa en dos lavadoras minúsculas y comprar el detergente (3 euros¿?). Me explicó a qué temperatura tenía que poner el blanco y el color y el precio de cada una. Y yo feliz e ingenua de mi creyendo que ya estaba todo hecho, meto el billete y no, la máquina de los "pies" no lo acepta. Y otra vez, y otra, la última por si acaso, y no. Vale, a quién se le ocurre ir a la lavandería con un billete de cinco y otro cincuenta. Pues a mí hombre, a mi. Así que ante mi desesperación las dos mujeres me propusieron que fuera a la floristería a cambiar mis billetes. Crucé la calle con mi enfado notable y llegué a la puerta. Cerrado. Miré el escaparate y casi me da algo cuando me di cuenta de que en el escaparate había más recuerdos fúnebres que flores. Miré a mi alrededor en busca de algún bar o tienda, y entonces caí. Estaba en el entorno menos vivo de toda la ciudad de Rennes. Las únicas tiendas que había eran de pompas fúnebres y floristerías. Y en medio de todo eso, el cementerio. Encima de todo como los horarios franceses son francamente difíciles para un español, a la una del mediodía todas y cada una de aquellas tienditas estaban cerradas, así que volví echando maldiciones a todo lo que encontraba a mi paso mientras las dos pobres señoras me esperaban guardando mi ropa.
Cuando las expliqué mi problema con el cambio, no entendí ni una palabra de lo que se decían entre ellas pero, finalmente me regalaron un euro para que pudiese lavar mi ropita ya metida y bien cerrada en la lavadora. Yo me sentí la más tonta del lugar y quizá por eso les di las gracias unas trescientas veces antes de que se fueran.

Treinta minutos de espera ya no me parecían ni tan malos. Hasta que empecé a hacer memoria de lo que había metido y me eché a temblar pensando en una de mis camisetas favoritas. Había oído a mi madre decir que la última vez que la lavó, había perdido color y que había que lavarla a mano. Pero yo no me había dado ni cuenta, y sufrí todos y cada uno de los minutos viendo cómo daba vueltas de un lado a otro.

Después de un rato llegó un señor con una maleta, me saludó y puso sus dos lavadoras. Cuando se hizo la hora, y tras comprobar que a mi camiseta no le había pasado nada, saqué la ropa de una lavadora y la metí en la bolsa. Después al intentar hacer lo mismo con la otra, a la puertecita no le apetecía abrirse, total que la escena acabó con el hombre haciendo fuerza para que yo me pudiese ir con el mismo número de prendas con las que había llegado. Finalmente lo consiguió cosa que por décima vez en el día de hoy le agradecí millones.


Y cuando parecía que mi aventura había acabado de una vez, casi me da algo cuando fui a coger las dos bolsas. Alguien no se acordó de que la ropa mojada pesa bastante más que la seca. Desde luego que si me hubiese visto desde otra perspectiva me hubiese reído de mi un rato, porque mis posturitas debían de ser de lo más divertidas.

Llegué a la residencia casi sin aliento, y me encuentro a mi compañera con dos amigas suyas de clase. ¡Genial! lo que más me apetecía en ese momento era socializar. Así que medio jadeando le conté un poco mi aventura y le dije que tenía que subir a mi cuarto. Pensé en descansar un cuarto de hora antes de poner a secar todo, pero hoy parece ser que es mi día de suerte y la señora de la limpieza estaba justo en mi piso.
Cuando me vio casi me empujó al cuarto de la limpieza para que metiera la ropa en la secadora. He de decir que Cristine (así se llama) es bastante amable pero un poco bruta. Así que empezó a sacarme toda mi ropa y a metérmela en la secadora o a tirarla por el suelo para ponerla a tender (sí, incuida la interior). Yo no sabía qué hacer, la dije que podía hacerlo yo pero no paraba, así que me dediqué a poner sobre mi la ropa que estaba en el suelo (recién lavada :()
Cuando ya tenía todo listo, Cristine sacó en tenderete del cuarto y lo llevó a mi ventana. Casi me da algo cuando vi todos mis preciosos sujetadores mirando hacía el despacho del director de la universidad. Agradecí mucho la ayuda a la señora de la limpieza, cerré la puerta y tuve que cambiar todo lo que había tendido de orden, ya que no me apetecía demasiado que todos mis futuros profesores y compañeros conociesen el color de mi ropa interior.


Y eso más o menos es todo lo que me ha ocurrido durante mi primera colada. Bueno eso, y que mientras escribo esto, me estoy dando cuenta que en diez minutos sonará la secadora para que recoja mis enseres y yo aún no he descansado ni cinco segundos. Así que lo voy a dejar aquí porque lo de la plancha va a ser otra aventura a la que necesitaré poner todo mi empeño.