¡Buenos días! Ya han pasado dos días desde que empecé las clases y aunque no tenía demasiadas esperanzas ¡SIGO VIVA!
Quería escribir esta entrada desde el momento en el que llegué a la residencia el lunes, pero entre apuntes, siestas que se van de las manos, una cosa y otra... he llegado hasta hoy.
De todos modos no puedo no contar mi poco fatídico primer día de clase. Así que ahí va:
Según mi coordinadora el día 22 de septiembre a las 9 de la mañana tendría la presentación del máster que voy a cursar este año (es una cosa rara pero, es el equivalente a mi tercer año de carrera). Pues bien, me levanté con tiempo de sobra porque no quería llegar tarde ni tampoco ir con prisas (unos 45 minutos antes que, es bastante si tenemos en cuenta que tardo un triste minuto en ir a la universidad). Me duché, arreglé y bajé a la cocina a desayunar. Volví a subir a la habitación a lavarme los dientes y cómo no, sonó el ya mítico hit "dónde están las llaves que no las encuentro" para empezar la mañana con energías positivas. 10 minutos después y con mi única esperanza para entrar y salir de la residencia entre las manos, crucé corriendo el patio para buscar el aula. Pregunto en recepción y curiosamente ¡nadie tiene ni la más remota idea! Me proponen que siga a una señora desconocida al otro edificio para mirar el tablón dónde todos los días colocan los horarios y las aulas distintas (ahora es cuando echo de menos mi universidad y su organización). Aula 205 y las 9 menos diez pasadas. Subo dos pisos y casi ahogada llego a un pasillo en el que había unas tres clases. La primera de ellas, la 203, llena y el resto sin ningún alma vagando por ellas.Me acerco a mi clase y descubro esta "cucada" en miniatura.
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O sea que somos pocos. Perfecto. Así aumentan las posibilidades de que me pregunten. Y nervios en aumento. Barajé la posibilidad de meterme en la clase, pero decidí esperar. Las 9 y nada. Bajé a recepción a preguntar. Después de diez minutillos de nada de espera (que a mi se me hicieron 30), me dicen que se han confundido que en realidad la presentación empieza a las 9.30. ¡Genial! No estaba yo poco nerviosa como para encima tener que esperar. Así que como suele pasar en estos casos empecé con mi lista de cosas absurdas que hace la gente cuando tiene que esperar. Ir al baño tres veces, cruzar el pasillo de un lado a otro, mirar el móvil, escribir whatsapps sin sentido, contemplar a la gente sentada en la cafetería, rogarle a las agujas del reloj que se muevan más rápido... y entre tanta ida y venida, aquí una foto del espejo del baño hecho para personas de más de 1,70m, porque como podréis ver en la foto no llego ni siquiera de puntillas a verme la cara entera.
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Después de eso me estudié este plano de memoria.
Mantuve esta conversación con mi mejor amiga.
Y por fin empezaron a llegar mis compañeros. La media de edad es de unos 35 años. Así que soy la benjamina por goleada. Me siento al lado de un señor. La gente habla entre ellos y yo observo. El director del máster viene a darnos la bienvenida, es decir, la susodicha "presentación" que dura unos 5 minutos y seguidamente me veo en una clase de algo parecido a psicología.
No sé muy bien cómo describir lo que sentí durante esa mañana. Fui desde el "venga, voy a atender", hasta el "mañana mismo me vuelvo a España". Mi desesperación iba creciendo cuando la profesora explicaba términos que no conocía el significado ni en español (el único del que me enteré fue constructivismo, pero vamos, todos del palo). Reconozco que se me da bastante bien coger apuntes, aunque de vez en cuando tenga que pedir un SOS rápido a mi compañera, pero lo de aquí era un nivel experto superior. Así que sin entender ni media palabra de lo que estaba escuchando me dediqué a pasar tres horas de mi vida a copiar todo aquello que escribiese el señor que estaba sentado a mi lado. Vamos, que si llega a poner "Me apetecen lentejas con chorizo para comer" lo copio igual. Ahora sé lo que sienten los pobres pulpos cuando se pierden en los garajes.
Salí de clase no sin antes, tener una presentación oficial de la profesora a todos mis compañeros. Mientras 44 ojos se clavaban en mi, a mi no me salió otra cosa que un "Bonjour" al que a todos les hizo bastante gracia.
A la hora de comer (12 del mediodía) me encontré a mi compañera de resi en la cocina. Crucé dos palabras con ella y lloré como una niña pequeña, soltando todo el estrés que había acumulado, en forma de lágrimas. Le expliqué todas las posibilidades que había barajado (irme a España, cambiar de máster...) y cómo respuesta me dijo que esa noche cenaríamos algo especial para subirme la moral. Así que con el estómago pensando en unas horas más tarde, volví a la clase.
Sinceramente, la tarde fue mucho mejor. Entendía más o menos de lo que se estaba hablando. "Teoría del apego" (aunque eso no lo descubrí hasta que lo miré en el traductor tres horas más tarde). Lo había visto ya en la carrera, y había hecho un trabajo sobre ello, así que más o menos sobreviví, apoyándome en los power point. Al terminar hablé con la profesora para preguntarla si tenía apuntes sobre el temario de la mañana, y para mi sorpresa preguntó en alto si alguien tenía bien cogidos los apuntes para dejármelos. Una mujer, que parece que va a ser mi ángel de la guarda durante todo el curso (es la más simpática, siempre está pendiente de mi...) me ofreció pasarme los apuntes cada día. Con ello me sentí algo más tranquila aunque aún con el corazón a mil, me fui a la librería más cercana para comprarme un cuaderno y un estuche.
El día de ayer fue mucho mucho mejor. A pesar de que mi capacidad de concentración escuchando francés se reduce a los 5 minutos y esforzándome horrores, entiendo de lo que se está hablando. Eso si, con dos cafes diarios y cambiando más veces de postura que un contorsionista profesional.
Hoy es miércoles, o lo que es lo mismo, mi día libre de la semana. Llevo dos días de clase y siento que estamos ya a mediados de noviembre. ¡Señor dame fuerzas!
¡Señores y señoras! Después de casi un mes en esta residencia me he dado cuenta de que ¡no hay lavadora! (creo que me lo dijeron el primer día pero no debí de entenderlo). Tampoco penséis que no me había molestado en buscarla, no, no es eso. Sin embargo en este país de locos, prefieren comprar una secadora a una lavadora. Mi vista me jugó una mala pasada y yo tan feliz con mi "falsa lavadora".
Así que nada hoy me ha tocado hacer la colada después de posponerlo durante una semana, por lo tanto, el número de prendas que llevaba era bastante considerable. Tras recibir las instrucciones de la señora de la limpieza que hablaasiderapidoysinningúnespacio y no la entiendo nada, ahí me planté yo con mis dos bolsas llenas hasta los topes en busca de la dichosa lavandería y mirando cada tres por dos hacía atrás no fuera a ser que se me escapara alguna prenda de mi ropa interior.
Lo único que había medio comprendido era que, para llegar a mi destino, debía pasar los bancos (mi calle tiene unos 10.000 de esos). Así que cumpliendo a raja tabla con las únicas instrucciones que sabía con certeza que eran válidas, llegué a ese punto en el que no sabes si elegir la calle de la derecha o de la izquierda. Como buena extranjera me dispuse a preguntar. Lo intenté con un chico joven que llevaba los auriculares puestos y nada, un segundo hombre al que desistí por no poder alcanzar su paso con mis dos bolsas y, por fin vi a una mujer a la que me acerqué y le pregunté educadamente con un "Excuse-moi madame". La mujer me dio unas indicaciones que esta vez si entendí, así que yo más feliz que una perdiz me despedí agradeciéndola su ayuda.
Subí una calle desierta y giré a la izquierda. Ahí estaba la dichosa lavandería. Cuando entré había dos señoras esperando a que terminara la secadora. Las saludé con esperanza de que alguna de ellas fuera la encargada y me ayudase a poner la lavadora, pero no. Las lavanderías no tienen personal disponible para los clientes. Así que, me puse a intentar entender lo que quiera que pusiese en las instrucciones y debí de estar mucho tiempo haciéndolo, porque una de las mujeres se acercó a preguntarme si necesitaba ayuda. En ese momento no sabía que se estaba acercando mi ángel de la guarda por una mañana.
Gracias a ella conseguí meter toda mi ropa en dos lavadoras minúsculas y comprar el detergente (3 euros¿?). Me explicó a qué temperatura tenía que poner el blanco y el color y el precio de cada una. Y yo feliz e ingenua de mi creyendo que ya estaba todo hecho, meto el billete y no, la máquina de los "pies" no lo acepta. Y otra vez, y otra, la última por si acaso, y no. Vale, a quién se le ocurre ir a la lavandería con un billete de cinco y otro cincuenta. Pues a mí hombre, a mi. Así que ante mi desesperación las dos mujeres me propusieron que fuera a la floristería a cambiar mis billetes. Crucé la calle con mi enfado notable y llegué a la puerta. Cerrado. Miré el escaparate y casi me da algo cuando me di cuenta de que en el escaparate había más recuerdos fúnebres que flores. Miré a mi alrededor en busca de algún bar o tienda, y entonces caí. Estaba en el entorno menos vivo de toda la ciudad de Rennes. Las únicas tiendas que había eran de pompas fúnebres y floristerías. Y en medio de todo eso, el cementerio. Encima de todo como los horarios franceses son francamente difíciles para un español, a la una del mediodía todas y cada una de aquellas tienditas estaban cerradas, así que volví echando maldiciones a todo lo que encontraba a mi paso mientras las dos pobres señoras me esperaban guardando mi ropa.
Cuando las expliqué mi problema con el cambio, no entendí ni una palabra de lo que se decían entre ellas pero, finalmente me regalaron un euro para que pudiese lavar mi ropita ya metida y bien cerrada en la lavadora. Yo me sentí la más tonta del lugar y quizá por eso les di las gracias unas trescientas veces antes de que se fueran.
Treinta minutos de espera ya no me parecían ni tan malos. Hasta que empecé a hacer memoria de lo que había metido y me eché a temblar pensando en una de mis camisetas favoritas. Había oído a mi madre decir que la última vez que la lavó, había perdido color y que había que lavarla a mano. Pero yo no me había dado ni cuenta, y sufrí todos y cada uno de los minutos viendo cómo daba vueltas de un lado a otro.
Después de un rato llegó un señor con una maleta, me saludó y puso sus dos lavadoras. Cuando se hizo la hora, y tras comprobar que a mi camiseta no le había pasado nada, saqué la ropa de una lavadora y la metí en la bolsa. Después al intentar hacer lo mismo con la otra, a la puertecita no le apetecía abrirse, total que la escena acabó con el hombre haciendo fuerza para que yo me pudiese ir con el mismo número de prendas con las que había llegado. Finalmente lo consiguió cosa que por décima vez en el día de hoy le agradecí millones.
Y cuando parecía que mi aventura había acabado de una vez, casi me da algo cuando fui a coger las dos bolsas. Alguien no se acordó de que la ropa mojada pesa bastante más que la seca. Desde luego que si me hubiese visto desde otra perspectiva me hubiese reído de mi un rato, porque mis posturitas debían de ser de lo más divertidas.
Llegué a la residencia casi sin aliento, y me encuentro a mi compañera con dos amigas suyas de clase. ¡Genial! lo que más me apetecía en ese momento era socializar. Así que medio jadeando le conté un poco mi aventura y le dije que tenía que subir a mi cuarto. Pensé en descansar un cuarto de hora antes de poner a secar todo, pero hoy parece ser que es mi día de suerte y la señora de la limpieza estaba justo en mi piso.
Cuando me vio casi me empujó al cuarto de la limpieza para que metiera la ropa en la secadora. He de decir que Cristine (así se llama) es bastante amable pero un poco bruta. Así que empezó a sacarme toda mi ropa y a metérmela en la secadora o a tirarla por el suelo para ponerla a tender (sí, incuida la interior). Yo no sabía qué hacer, la dije que podía hacerlo yo pero no paraba, así que me dediqué a poner sobre mi la ropa que estaba en el suelo (recién lavada :()
Cuando ya tenía todo listo, Cristine sacó en tenderete del cuarto y lo llevó a mi ventana. Casi me da algo cuando vi todos mis preciosos sujetadores mirando hacía el despacho del director de la universidad. Agradecí mucho la ayuda a la señora de la limpieza, cerré la puerta y tuve que cambiar todo lo que había tendido de orden, ya que no me apetecía demasiado que todos mis futuros profesores y compañeros conociesen el color de mi ropa interior.
Y eso más o menos es todo lo que me ha ocurrido durante mi primera colada. Bueno eso, y que mientras escribo esto, me estoy dando cuenta que en diez minutos sonará la secadora para que recoja mis enseres y yo aún no he descansado ni cinco segundos. Así que lo voy a dejar aquí porque lo de la plancha va a ser otra aventura a la que necesitaré poner todo mi empeño.
¡Hola! Ya voy camino de las dos semanas aquí y vaya si se nota. Desde que dije "aurevoir" (que por cierto no consigo pronunciarlo con acento francés ni queriendo...) he hecho grandes progresos. Pero sin dudar lo de la comida todavía se me resiste. Y ahora es cuando me arrepiento de no haberme aplicado en la cocina durante el verano.
Es bien sabido que mis dotes culinarias dejan bastante que desear pero oye, empeño que no falte. Hasta lo intenté con la tortilla de patata. Digo "intenté" porque a medio camino me di cuenta de que los platos eran mas pequeños que las sartenes y la presentación fue... ¿Para qué describirla? Juzguen ustedes mismos. Les presento el ya bautizado por mis amigos como "deconstruido de toritilla" Et voila!
Otro día me decidí por espaguetis. La primera tanda resultó bastante aceptable, pero en la segunda me di cuenta de que el tiempo de cocción no había sido suficiente y acabé comiendo palitos duros con tomate.
Así que ahora sí que puedo afirmar que donde esté la comida de mi madre que se quiten todas las demás.
Por otro lado tengo una nueva (y única) compañera de residencia. Se llama Mélanie y es portuguesa. Tiene mi edad y es bilingüe de francés. A veces creo que debe de pensar que soy un poquito falta porque hablo al modo robot. Nos acompañamos mutuamente a hacer "recaditos" (qué tela para explicarla el significado de esta palabra). Hemos bautizado a la ciudad como la ciudad kebab porque das una patada y aparecen ocho. Qué afición madre mía...
Cambiando de tema, por un lado tengo ganas de empezar la universidad aunque por otro me da un miedo horrible no enterarme de ná. Pero bueno como soy la única Erasmus del máster tengo la esperanza de ser "pobrecita no se entera de nada" de la clase y que la gente me ayude un poco.
Lo dejo por hoy, me siento una persona madura y con responsabilidades y tengo que ir a Carrefour antes de que cierren para tener provisiones para este finde.
Saludos desde la litera de arriba de mi cuarto (sí tengo literas, y una cama libre para cuando os dignéis a venir a verme).