Mi casa (nuestra casa) no es demasiado bonita. Desde fuera da un poco de miedo, sobre todo por la noche. Está entre vallas, plantas y arbustos... Tenemos la parada de autobús a menos de un minuto, y cuando nos sentamos a esperar y miramos al frente, ahí está la tienda de Pompas Funebres para pasar el rato... Para eso, y para ir haciéndonos la idea de qué tipo de adornos fúnebres son más afines a nosotros.
Además tenemos Pizza Sprint justo en frente. Vaya, el peor enemigo del ERASMUS. Pero ya se sabéis lo que dicen... si no puedes con el enemigo, únete a él. Y es que cómo nos vamos a resistir si cada vez que vamos nos regalan un folletito con ofertas para bolsillos como los nuestros...
El interior no es nada del otro mundo, pero poco a poco lo hemos hecho nuestro. Tres pisos, y del último de ellos a penas sabemos nada. Una cocina compartida que, sin lugar a dudas, es el lugar más transitado de la casa, un cuarto de estudio que únicamente hemos utilizado para jugar al pin-pon y un jardincillo que con este tiempo, y sobretodo en Bretaña, renta mucho. La decoración es un poco tétrica. No sé por qué razón tenemos gorritos rojos colgados por todas partes. Las historias sobre ellos varían según la persona, pero os juro que cuando me contaron que el gorro que hay nada más abrir la puerta de mi habitación perteneció a un residente que se había ahorcado allí mismito, me hizo de todo menos gracia. Para completar unas escaleras que crujen, una televisión que no funciona, luces fundidas en plaga, el armario chirriante y una triste secadora que lleva arreglando al menos un mes. Y aunque nadie sea capaz de creerlo, a un lugar como este se le coge cariño en cantidades inhumanas.
La verdad es que no somos muchos (7), y se hace raro que cada día vivas con una persona diferente (gente que se queda por una noche, dos o tres), pero desde luego, no podría haber tenido más suerte con los que de verdad compartimos día a día.
No sé puede explicar en una entrada como esta como personas totalmente ajenas a ti se convierten, por unos meses, en tu familia. Que de pronto te das cuenta de que eres tú la que adoptas el papel de mamá cuando le gritas a tu compañera "lleva el abrigo que hace frío", o cuando te entra la vena maternal y en lugar de un colacao para merendar, preparas dos. Otras veces (la gran mayoría), me doy cuenta de que efectivamente soy de las más pequeñas aquí. Y eso se nota. Y gracias, gracias infinitas por las ayudas en la cocina, por suplir mis torpezas varias, por llegar una hora tarde cada vez que salimos por mi única y exclusiva culpa.
Las cenas para remontar la moral, las excursiones de fin de semana, los karaokes nocturnos o las pelis en mi colchón-sofá. Las visitas a la cocina a las 5 de la mañana, las excursiones a la lavandería en grupo, las comidas para dos. Los parchises a tres, las comidas en el Restaurante y las sobremesas que se alargan hasta las mil.
Ya se ha convertido en rutina escuchar "griego" sonando por los pasillos. Asquerosa rutina que tanto odio, ¿por qué aquí sabes tan dulce? ¿Por qué cada día que pasa me siento más feliz de marcar esta opción en el casillero ERASMUS? Ya veís, la chica de las palabras se queda sin ellas para dar respuesta a estos interrogantes.
No sé lo que pasará de aquí a unos años, ni dónde estaremos cada uno de nosotros. Pero lo que sí sé y estoy segura, es que todos y cada uno de nosotros nos acordaremos de todo lo bueno que nos esta pasando aquí cuando, de repente, un día x del calendario del año xy suene "Chandelier" en la radio del coche. Y entonces, nos preparemos una cena con crêpes, queso y una copa de vino, para brindar por este año.






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