domingo, 2 de noviembre de 2014

¡Ciao Roma!

Tras algunas semanas sin escribir, vuelvo a la carga con más fuerza que nunca y con energías totalmente renovadas. ¿El motivo? ¡Me fui a Roma! Y sí, por fin cumplí mi sueño de visitar la bella Italia.



Uno de los plus de la educación francesa es que, cada cuatro semanas de clase, deciden cogerse unas vacacioncillas, así que yo me estoy beneficiando de ellas durante dos semanitas.
Y como mi culo inquieto y mis promesas viajeras no me permitían quedarme en Rennes tanto tiempo, busqué un vuelo, me puse de acuerdo con unas cuantas amigas y antes de lo que había previsto me encontré cerrando la maleta.

La ida iba a ser larga y costosa, si tenemos en cuenta que mi tren con dirección París salía a las 9.33 de la mañana desde Rennes y mi avión aterrizaría en Roma a las 23.20 del mismo día. Estos datos matemáticos son algo con lo que ya contaba, eso sí, hubo unos cuantos imprevistos que hicieron mi viaje mucho más entretenido. Como por ejemplo la hora de antelación con la que me planté en la estación, el bolso de unos cinco kilos y los tacones que me dio por ponerme para hacer turismo por París o mi inacertada decisión de no pagar un billete de metro que por poco me hace acabar dando explicaciones al policía. Eso sí, volví a mi puente favorito de París, mientras en mi cabeza danzaron durante un rato muy buenos recuerdos en él.


 
El caso es que no sé cómo aterricé en Roma y con mi espaninglis, me entendí con el conductor del autobús para comprar el billete a "Termini", la estación central. Cuando llegué, allí me estaba esperando mi amiga Ale. Me alegré muchísimo de volver a ver a esos ricillos andantes poco orientados por la capital de las vespas. Esa noche dormí como un angelito sobre una nube (que cursi me estoy volviendo).

Al día siguiente, tras algunos problemas de comunicación, conseguimos encontrar a Patri. Me alegró ver que todo seguía tal y como lo había dejado. Teníamos muchas ganas de probar la auténtica pasta italiana, pero al final (al parecer no soy la única que tiene problemas espaciales) tuvimos que conformarnos con un McDonalds de bienvenida. Visita express por los principales atractivos turísticos. Y sí, me encantó el Coliseo (o anfiteatro como lo llamo yo, según Patri "porque soy muy culta"), aunque no fue exactamente como yo me lo imaginaba. Seguramente tenga algo que ver que mi imagen de Roma incluía gladiadores y emperadores, pero bueno. Aquí tengo que añadir que NO todos los chinos saben hacer fotos. Lo de pedir una foto y que te corten todo el monumento de detrás es algo que todavía no consigo entender, hay gente para todo...


Después recorrimos por primera vez (de las mil doscientas que siguieron)la Vía del Corso. Hicimos honor a los tópicos y pedimos un helado bien cargadito de calorías(bendita Nutella), y con las mismas nos fuimos a buscar a la tercera en discordia (bueno cuarta, pero tercera queda mejor). Sarita vino de Perugia con chocolate para todas ¡cómo sabe hacerme feliz! Así que para celebrar su llegada nos fuimos al Trastevere. Llegamos como a las 11 y no había mucho restaurante abierto. Entramos en uno que nos habían recomendado que, a decir verdad, no fue nada del otro mundo, y el trato dejaba bastante que desear, ya que nos echaron discreDESCARADAMENTE.

Y ahora viene la parte más divertida de todo el viaje. Nuestras queridas amigas ERASMUS italianas nos habían dicho que hacía buenísimo a Patri y a mi (de tirantes y chaquetita finita). Pues nosotras ilusas llenamos las maletas con ropa de ese palo y nos encontramos con Alaska en plena Italia. Y es que (Alejandra no te enfades), la calefacción del piso no funcionaba hasta noviembre y la habitación en la que dormíamos era un auténtico iglú. Tuvimos problemillas técnicos con las mantas que no desvelaré aquí, que se convirtieron en la coña de todo el viaje. Eso sí dormir haciendo la cucharita o lo que hiciera falta con tal de entrar un poco en calor.
Lo mejor de todo es que yo venía un poco mala de las tierras bretonas, así que al día siguiente me desperté con la conocida comúnmente como "voz de camionero" que a lo largo de los días fue disminuyendo considerablemente.


El jueves por la mañana Sara, Patri y yo nos fuimos a hacer turismo; Pantheon, Piazza Navona, Fontana Di Trevi (ahora matizo) y Victor Manuel. Aquí algunas de las fotos.





Con respecto a la Fontana Di Trevi... cómo describir lo que sentí al ver tan expléndida obra arquitectónica COMPLETAMENTE EN OBRAS. Mi gozo en un pozo. Eso sí, yo tiré la monedita en el único cuadrado con agua que había en toda la fuente, a ver si para mi próxima visita a Italia consigo verla sin andamios de por medio.



Comimos un pan con un queso que no sabía a nada y una loncha de jamón serrano. Comida de turistas pobres, ya se sabe. Y nos pusimos en marcha para entrar en el Coliseo. Os dejo algunas fotos del interior. A mí me encantó imaginarme leones, gladiadores y espectadores que se levantaban de sus asientos para vomitar y seguir comiendo. Llamadme rara pero sí, me sentí en la Antigua Roma.

 

 

Con todo el cansancio y la enfermedad encima (cómo me gusta exagerar), decidimos conocer la Roma nocturna. Aunque la noche nos saliese un poco rana y llevara cinco jerseys encima, siempre se agradece que alguien conozca las canciones de tu tierruca querida y las cante contigo a un volumen considerable.

Viernes. O día de visitar el Foro romano (las ruinas, vaya). Patri decía que era todo igual, y con la modorra que llevábamos encima, a causa de la noche anterior, se nos hizo algo largo, pero eso sí, yo me llevé la promesa de una columnita para mi jardín que no se me olvida. Patri, recuerda, quiero esta:


 



Tras acabar el tour turístico Foro+Palatino decidimos buscar el Moisés de Miguel Ángel (me hacía ilusión porque me entró en el examen de Selectividad, sí). Resultó estar en una iglesia cerca, pero cuando llegamos estaban cerrando, así que miré la foto de fuera y me prometí volver a verlo. Con la reventada y las prisas por llegar a tiempo nos cogimos el metro hasta el Vaticano. Nos perdimos y cómo últimamente me suele pasar a menudo, nos cerraron el museo. Así que oye, no vimos esa tarde una de las mayores obras de arte de la historia de la humanidad, pero eso sí, nos tomamos unos capuccinos en McDonalds que ya quisieran muchos.



Así que como nuestro planning fracasó, el sábado por la mañana volvimos al Vaticano a visitar la Capilla Sixtina (que por cierto, es algo así como la Mona Lisa en París, te falta aire para respirar entre tanto turista)y el museo Vaticano. Tras acabar con esta parte fuimos a comer una pizza de 1 metro  y dimos una publicidad increíble al puestecillo porque todo el mundo se nos quedaba mirando.

Y ya, ilusas de nosotras pensamos que habíamos recuperado fuerzas, nos fuimos tan alegres y felices a ver la Basílica de San Pedro. La verdad es que este día fue super divertido porque todas teníamos una flojera horrible, y las coñas con el Papa eran inevitables. Así que chorradas como "Manual para ser un guiri en una cola" con un paraguas que se veía a 1 km de distancia, o esta foto-friki de "Yo con mi Imperio" no pudieron faltar.



Ale y yo descubrimos que todo el personal de la basílica era bastante curioso. Cuando Ale casí tira una valla, el segurata, en lugar de echarnos la bronca o ayudar a colocarla, se descojonó li-te-ral-men-te. Otro parecía haber apretado el play y no dejaba de decir en un tono super monótono "Avanti, don´t stop". Vamos, que le daba igual si la iglesia se caía allí mismo, estoy segura que él hubiera seguido igual. Aún tengo mis dudas de si seguirá diciendolo en estos momentos. El tercer y cuarto segurata se reían a carcajadas mientras veían un programa de televisión en una Tablet (sí señores, en una iglesia) y el último casi le planta un bofetón a una chica que iba a entrar en el museo sin pagar. Vamos un show.

Tras esto, decidimos subir a la Cúpula. A pie. Y me canso solo de escribirlo. Como buenas estudiantes decidimos no pagar el ascensor, y subir uno a uno todos los peldaños. Ahora entiendo porque el guardia nos gritó "¡Forza!". Al principio todo bajo control, pero las escaleras iban cambiando, y las paredes se iban estrechando de un modo bastante claustrofóbico. Lo peor, era que no podías parar porque sino las personas que subían detrás se quedaban atascadas. Así que acordándonos de nuestra profesora de Educación Física del colegio, entre risas al principio, y casi llantos al final llegamos. Y pedimos esta foto. Y estas fueron las vistas.



Para acabar el día y a modo despedida nos fuimos a Campo di Fiori a comer pasta hasta reventar. Y madre mía, qué buena estaba...


Al día siguiente hubo despedidas, o más bien "hasta navidad". Primero Patri, luego Sara... y así muy tristes por un lado y muy contentas por otro (¡POR FIN PODÍA DORMIR EN LA CAMA Y NO EN EL COLCHÓN HINCHABLE!) cada una se fue a dónde le correspondía. Por la tarde Ale y yo visitamos el Parque de los Naranjos, con vistas espectaculares. Aunque eso sí con un poquito más de luz... Compramos castañas, comimos un helado... vamos típica tarde de gocherío que como estás en Italia, pues... te lo puedes permitir. Nos encontramos con "la boca de la verdad" de casualidad (esta ciudad es así), escuchamos cantar al amor de mi vida... nada cosas normales.




En mi último día en Roma, intentamos cumplir con el objetivo de ver el dichoso Moisés pero, de nuevo, nos cerraron en las narices. Así que decidimos volver por la tarde. Mala idea. Tuvimos unos cuantos imprevistos. Cogimos el bus en dirección contraria, tuvimos que bajarnos del bus cuando subieron los revisores porque no habíamos pagado el billete (50 euros la multa, 100 si no lo tienes suelto) y por lo tanto, esperar al siguiente. Total que deducí que alguien de ahí arriba no quería que viese la escultura porque cuando llegamos, cómo no, estaba cerrado. Así que espero que la moneda de la Fontana sea válida en obras o no y pueda volver y verle de una vez por todas.

Con esto dimos por finalizado el viaje, ya que al día siguiente me levanté a las 4.30 para coger mi vuelo a París. ¿Conclusión? Nunca te fies del tiempo y sí estás en otoño, mete un abrigo anda... que no cuesta nada.

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