lunes, 15 de septiembre de 2014

Mi primera lavadora

¡Señores y señoras! Después de casi un mes en esta residencia me he dado cuenta de que ¡no hay lavadora! (creo que me lo dijeron el primer día pero no debí de entenderlo). Tampoco penséis que no me había molestado en buscarla, no, no es eso. Sin embargo en este país de locos, prefieren comprar una secadora a una lavadora. Mi vista me jugó una mala pasada y yo tan feliz con mi "falsa lavadora".

Así que nada hoy me ha tocado hacer la colada después de posponerlo durante una semana, por lo tanto, el número de prendas que llevaba era bastante considerable. Tras recibir las instrucciones de la señora de la limpieza que hablaasiderapidoysinningúnespacio y no la entiendo nada, ahí me planté yo con mis dos bolsas llenas hasta los topes en busca de la dichosa lavandería y mirando cada tres por dos hacía atrás no fuera a ser que se me escapara alguna prenda de mi ropa interior.

Lo único que había medio comprendido era que, para llegar a mi destino, debía  pasar los bancos (mi calle tiene unos 10.000 de esos). Así que cumpliendo a raja tabla con las únicas instrucciones que sabía con certeza que eran válidas, llegué a ese punto en el que no sabes si elegir la calle de la derecha o de la izquierda. Como buena extranjera me dispuse a preguntar. Lo intenté con un chico joven que llevaba los auriculares puestos y nada, un segundo hombre al que desistí por no poder alcanzar su paso con mis dos bolsas y, por fin vi a una mujer a la que me acerqué y le pregunté educadamente con un "Excuse-moi madame". La mujer me dio unas indicaciones que esta vez si entendí, así que yo más feliz que una perdiz me despedí agradeciéndola su ayuda.

Subí una calle desierta y giré a la izquierda. Ahí estaba la dichosa lavandería. Cuando entré había dos señoras esperando a que terminara la secadora. Las saludé con esperanza de que alguna de ellas fuera la encargada y me ayudase a poner la lavadora, pero no. Las lavanderías no tienen personal disponible para los clientes. Así que, me puse a intentar entender lo que quiera que pusiese en las instrucciones y debí de estar mucho tiempo haciéndolo, porque una de las mujeres se acercó a preguntarme si necesitaba ayuda. En ese momento no sabía que se estaba acercando mi ángel de la guarda por una mañana.
Gracias a ella conseguí meter toda mi ropa en dos lavadoras minúsculas y comprar el detergente (3 euros¿?). Me explicó a qué temperatura tenía que poner el blanco y el color y el precio de cada una. Y yo feliz e ingenua de mi creyendo que ya estaba todo hecho, meto el billete y no, la máquina de los "pies" no lo acepta. Y otra vez, y otra, la última por si acaso, y no. Vale, a quién se le ocurre ir a la lavandería con un billete de cinco y otro cincuenta. Pues a mí hombre, a mi. Así que ante mi desesperación las dos mujeres me propusieron que fuera a la floristería a cambiar mis billetes. Crucé la calle con mi enfado notable y llegué a la puerta. Cerrado. Miré el escaparate y casi me da algo cuando me di cuenta de que en el escaparate había más recuerdos fúnebres que flores. Miré a mi alrededor en busca de algún bar o tienda, y entonces caí. Estaba en el entorno menos vivo de toda la ciudad de Rennes. Las únicas tiendas que había eran de pompas fúnebres y floristerías. Y en medio de todo eso, el cementerio. Encima de todo como los horarios franceses son francamente difíciles para un español, a la una del mediodía todas y cada una de aquellas tienditas estaban cerradas, así que volví echando maldiciones a todo lo que encontraba a mi paso mientras las dos pobres señoras me esperaban guardando mi ropa.
Cuando las expliqué mi problema con el cambio, no entendí ni una palabra de lo que se decían entre ellas pero, finalmente me regalaron un euro para que pudiese lavar mi ropita ya metida y bien cerrada en la lavadora. Yo me sentí la más tonta del lugar y quizá por eso les di las gracias unas trescientas veces antes de que se fueran.

Treinta minutos de espera ya no me parecían ni tan malos. Hasta que empecé a hacer memoria de lo que había metido y me eché a temblar pensando en una de mis camisetas favoritas. Había oído a mi madre decir que la última vez que la lavó, había perdido color y que había que lavarla a mano. Pero yo no me había dado ni cuenta, y sufrí todos y cada uno de los minutos viendo cómo daba vueltas de un lado a otro.

Después de un rato llegó un señor con una maleta, me saludó y puso sus dos lavadoras. Cuando se hizo la hora, y tras comprobar que a mi camiseta no le había pasado nada, saqué la ropa de una lavadora y la metí en la bolsa. Después al intentar hacer lo mismo con la otra, a la puertecita no le apetecía abrirse, total que la escena acabó con el hombre haciendo fuerza para que yo me pudiese ir con el mismo número de prendas con las que había llegado. Finalmente lo consiguió cosa que por décima vez en el día de hoy le agradecí millones.


Y cuando parecía que mi aventura había acabado de una vez, casi me da algo cuando fui a coger las dos bolsas. Alguien no se acordó de que la ropa mojada pesa bastante más que la seca. Desde luego que si me hubiese visto desde otra perspectiva me hubiese reído de mi un rato, porque mis posturitas debían de ser de lo más divertidas.

Llegué a la residencia casi sin aliento, y me encuentro a mi compañera con dos amigas suyas de clase. ¡Genial! lo que más me apetecía en ese momento era socializar. Así que medio jadeando le conté un poco mi aventura y le dije que tenía que subir a mi cuarto. Pensé en descansar un cuarto de hora antes de poner a secar todo, pero hoy parece ser que es mi día de suerte y la señora de la limpieza estaba justo en mi piso.
Cuando me vio casi me empujó al cuarto de la limpieza para que metiera la ropa en la secadora. He de decir que Cristine (así se llama) es bastante amable pero un poco bruta. Así que empezó a sacarme toda mi ropa y a metérmela en la secadora o a tirarla por el suelo para ponerla a tender (sí, incuida la interior). Yo no sabía qué hacer, la dije que podía hacerlo yo pero no paraba, así que me dediqué a poner sobre mi la ropa que estaba en el suelo (recién lavada :()
Cuando ya tenía todo listo, Cristine sacó en tenderete del cuarto y lo llevó a mi ventana. Casi me da algo cuando vi todos mis preciosos sujetadores mirando hacía el despacho del director de la universidad. Agradecí mucho la ayuda a la señora de la limpieza, cerré la puerta y tuve que cambiar todo lo que había tendido de orden, ya que no me apetecía demasiado que todos mis futuros profesores y compañeros conociesen el color de mi ropa interior.


Y eso más o menos es todo lo que me ha ocurrido durante mi primera colada. Bueno eso, y que mientras escribo esto, me estoy dando cuenta que en diez minutos sonará la secadora para que recoja mis enseres y yo aún no he descansado ni cinco segundos. Así que lo voy a dejar aquí porque lo de la plancha va a ser otra aventura a la que necesitaré poner todo mi empeño.

No hay comentarios:

Publicar un comentario