viernes, 12 de junio de 2015

Aparto la cortina para ver los últimos rincones de la ciudad que me ha adoptado durante estos meses. Bonita Rennes, cómo te voy a echar de menos. Tienes un alma joven pero hueles a tradición y costumbres. Nos cogimos cariño rápido, bastó una galette en una terraza de Saint Anne y un par de pintas en la rue de la soif para vernos con otros ojos. Luego llegaron los sábados de mercado, los paseos por Thabor, los espectáculos en la mairie y los cafés en République. A partir de entonces, entendí que lo nuestro no era un amor pasajero.

El Erasmus te cambia la vida, o al menos la forma de ver las cosas. No hace falta mucho tiempo para aprender que aquí no se judga, se conoce. Que los estereotipos no son más que etiquetas que alguien inventó un domingo por la tarde y que la riqueza está en la diferencia. Valorar es otro de los verbos que se llena de sentido. Cuántas veces hemos pasado por alto esos detalles insignificantes y cuántos suspiros les he dedicado. Pero lo mejor es la sensación de orgullo tras conseguir hacer una tortilla dentro de una cazuela, o apañar un sofá en medio de la habitación con cine incluido.

El Erasmus te enseña que abordar a unos desconocidos puede regalarte una bonita amistad. Que las noches, cuánto más extrañas, más divertidas. Que los secretos más inconfesables acaban siendo compartidos después de un buen tomanji. Al final acabas mirando con nostalgia hasta esas zapatillas llenas de mierda de la fiesta más surrealista de toda mi vida. Y echas de menos a cabro y los vinitos  estilo riojano. Y encuentras que el "Martuca" o "Maggta" suena hasta bien. Sonríes cuando te acuerdas de ese amigo intentando hacerse entender con un francés bastante justito, pero con un empeño que "ole". Piensas en los propósitos "come sano, vive sano" y en aquella jornada running que se quedo, pues en eso en una jornada. Dónde estará ahora la muyaya más loca de toda Canarias. Y aún sigo dándole vueltas al misterio de la sonrisa que siempre destacaba en todas las fotos. Y dónde, dónde quedó la motivación italiana a la hora de salir, que a duras penas terminaba en una discoteca. Luego está mi dj favorito, mi chico mujeres y hombres, y el de las cervezas, el que tuvo depresión post erasmus sin ni siquiera acabar (nunca tuve mejor compañia en un viaje tan largo).No puedo olvidarme de mi acento andaluz y de esa soirée en la que acabamos perdidas y bailando por bulerías. Tampoco de mi descubrimiento, acento gallego y ganas de comerse el mundo de un bocado. Me los llevo a todos. Conmigo vaya donde vaya.

En el Erasmus un amigo puede convertirse en un hermano. Y una amiga en una madre. Se prueba, de todo y en abundancia. Nunca faltó tiempo para celebrar un thanks giving, una soirée portuguesa o un cumpleaños a base de sangría. Una habitación como farmacia, una compra semanal como excursión de fin de curso. "Je suis Marta", unos cuantos bailes, y unas carreras por el pasillo. Formar un equipazo de limpieza, adoptar una tortuga, y soportar tormentas en forma de "tout dans une boite". Confesiones varias, que anticipen tu comportamiento, consejos de armario. Una rubia y otra morena. 

En el Erasmus te atreves. Con una salsa, una bachata o lo que haga falta. Si hay que dar clase, "on y va", si la cosa va de pedir facebooks ¿por qué no?. Los sobresaltos de la gente con el "excuse moi" deberían formar parte de un corto cómico. Bailar encima de la mesa del bar, o beber chupitos de sabores imposibles. 

Conocer, viajar, abrir los ojos a otras realidades. No se puede pagar con dinero. Saint Malo, Dinard, Dinan, Nantes, Paris, Roma, Lille, Amsterdam... Lugares con historias increíbles, paisajes que se cuelan por la retina sin preguntar, culturas que explorar. No puedo pedir más. Viajar es lo que más adoro en el mundo y este año ha sido increíble.

No sé muy bien qué va a pasar a partir de ahora, ni cuanto tiempo necesitaré para recuperarme de este bajón momentáneo. Lo que sí tengo claro es que una parte de mi corazón cantará eternamente la marsellesa para recordarme lo que fuimos. 

Once Erasmus, always Erasmus. 

jueves, 7 de mayo de 2015

"Hasta pronto"

Tengo que desahogarme en alguna parte. Y hoy en cartelera tenemos el tema más amargo que existe: Las despedidas. Ese momento incómodo por excelencia en el que toca pronunciar "adiós", "hasta pronto" o, quizás, "hasta nunca". 

Cuando llegué aquí, no se me pasaba por la cabeza que este momento llegaría tan pronto. El primer aviso vino por Navidad, cuando una buena parte de los lazos que había formado aquí se fueron para no volver. Y ahí es cuando me dí cuenta de que, no solamente estaba despidiendo personas, sino también una etapa, y con ella todos los los viajes, las comidas a deshora, las bromas que nadie más entiende, las fiestas, los brindis "por nosotros", y en definitiva, el albúm de momentos más bonito que alguien haya podido recopilar. 

A menudo los "adioses" vienen acompañados de promesas. Planes de futuro que alivian el golpe y que, por muy imposibles que parezcan, nosotros los Erasmus, defendemos como si fuese cuestión de vida o muerte. "Nos veremos en verano", "el año que viene", "de aquí en cinco años", y por supuesto, no importa dónde: "Ya sabes que tienes mi casa cuando quieras", "volveremos a Paris para recordar viejos tiempos", "empiezo a ahorrar para pisar los Estados Unidos" o incluso Australia parece haberse aproximado bastantes kilómetros con frases tipo "son muchas horas, pero los aviones son muy cómodos...". 

Lo cierto es que duele. Es difícil aceptar que el contacto diario pasara a ser simplemente "contacto". Pero es una realidad, la misma que cuando recibimos la aceptación Erasmus y no queda más remedio que aceptarla. 

Este periodo esta siendo bastante duro para mi. Parece una tontería pero llevo ya dos semanas intentando despedirme de la cama, de mi cuarto y hasta mi residencia (de la que taaaaanto me he quejado) me parece bonita. Y no hablemos ya de las personas. Esto llega poco a poco y a dosis, pero finalmente se va acercando el día en el que tenga que guardarlo todo en la maleta. Siento que se me quedan mil cosas por decir y por hacer. Que nueve meses no son suficientes. 

En fin, siento el tono meláncolico a estas  horas. Ya sé que hay que mirar las cosas desde el lado positivo, pero un café a las nueve y una despedida no es el momento más oportuno. Volveré a escribir, lo prometo.



sábado, 14 de marzo de 2015

Hoy tengo que hablar del trabajo más gratificante del mundo. Ayer se terminó una etapa importante de esta experiencia. Mi día a día durante dos meses. Y hoy, por qué no reconocerlo, estoy triste. 

Desde que empecé, he discutido cada día con el despertador para que me concediese cinco minutos de prórroga a mi ansiado tiempo de sueño. Los madrugones nunca han sido mi punto fuerte. Sin embargo, en poco tiempo, me di cuenta que me gustaba reconocer a todas las ojeras del autobús, a la misma hora y casi, en el mismo asiento. Empecé a encariñarme de Republique a las siete de la mañana, con ambiente laboral y periódicos a la salida del metro. Y con todo ello el frío insoportable me empezó a parecer un poco más amable. 

Al llegar al instituto me encontraba con dos o tres sonrisas antes de entrar a clase. Y ahí es donde empezaba la magia. Es increíble lo que he avanzado desde el primer día que entré por la puerta, en todos los sentidos. A día de hoy puedo decir que he sido capaz de dar clase en francés (aunque guardando mi fuerte acento español y mis "erres" marcadas). He trabajado en equipo, y me he sentido una más. Me he introducido en el apasionante mundo de la educación especial, y he descubierto que me encanta. He pasado domingos preparando clases y he conocido a personas que se llevará un trocito de mi corazón. 

Hay gente que piensa que el maestro es aquel que solo enseña, pero yo no estoy de acuerdo. Ser maestro implica aprender cada día algo nuevo, enriquecerse de las diez, once o veinticinco historias que están sentadas en cada pupitre. Y cuando lo consigues te das cuenta de que eres un poco más grande, y que a partir de los 21 años, se puede seguir creciendo, aunque no sea en estatura.