sábado, 14 de marzo de 2015

Hoy tengo que hablar del trabajo más gratificante del mundo. Ayer se terminó una etapa importante de esta experiencia. Mi día a día durante dos meses. Y hoy, por qué no reconocerlo, estoy triste. 

Desde que empecé, he discutido cada día con el despertador para que me concediese cinco minutos de prórroga a mi ansiado tiempo de sueño. Los madrugones nunca han sido mi punto fuerte. Sin embargo, en poco tiempo, me di cuenta que me gustaba reconocer a todas las ojeras del autobús, a la misma hora y casi, en el mismo asiento. Empecé a encariñarme de Republique a las siete de la mañana, con ambiente laboral y periódicos a la salida del metro. Y con todo ello el frío insoportable me empezó a parecer un poco más amable. 

Al llegar al instituto me encontraba con dos o tres sonrisas antes de entrar a clase. Y ahí es donde empezaba la magia. Es increíble lo que he avanzado desde el primer día que entré por la puerta, en todos los sentidos. A día de hoy puedo decir que he sido capaz de dar clase en francés (aunque guardando mi fuerte acento español y mis "erres" marcadas). He trabajado en equipo, y me he sentido una más. Me he introducido en el apasionante mundo de la educación especial, y he descubierto que me encanta. He pasado domingos preparando clases y he conocido a personas que se llevará un trocito de mi corazón. 

Hay gente que piensa que el maestro es aquel que solo enseña, pero yo no estoy de acuerdo. Ser maestro implica aprender cada día algo nuevo, enriquecerse de las diez, once o veinticinco historias que están sentadas en cada pupitre. Y cuando lo consigues te das cuenta de que eres un poco más grande, y que a partir de los 21 años, se puede seguir creciendo, aunque no sea en estatura.

1 comentario: